Medyka, la parte polaca de la frontera con Ucrania, es un hervidero de gente en las dos direcciones. Por un lado, llegan cientos de mujeres y niños, cargados con bolsas y maletas a reventar, en las que han metido como han podido toda una vida. Lera partió “en cuanto empezaron a caer las bombas”, cuenta a RTVE.es esta veinteañera, destrozada después recorrer a pie los últimos 30 kilómetros que separan Kiev del límite con Polonia, precisamente el día de su cumpleaños. “Qué mejor manera de celebrarlo que andando siete horas a pie”, dice, sacando fuerzas para soltar una carcajada.
Sin embargo, son también muchos los que salen hacia Ucrania. Casi todos hombres. En vez de maletas, llevan mochilas militares. Son ucranianos procedentes de otros países que parten a la guerra tras la movilización obligatoria decretada por su Gobierno para todos los varones de entre 18 y 60 años. “Lucharemos por nuestro hogar. No tenemos miedo, resistiremos y ganaremos a ese nuevo Hitler que es Putin. Estamos preparados para todo”, dice Oli, que ha venido desde República Checa ataviado con chaleco antibalas. Tiene solo 22 años.
Lera y Oli son las dos caras de una guerra que ha roto un país que hasta el pasado miércoles vivía con normalidad, a pesar de la perenne amenaza de un ataque ruso. “Yo hace una semana y media estaba en Ucrania haciendo una vida completamente normal con mi mujer”, dice Diego, un español que ha venido a buscar a su mujer, quien espera a cruzar desde hace un día en el colapsado paso fronterizo. Él vivía desde hace seis años con ella en la capital ucraniana. La guerra les sorprendió cuando se separaron durante unos días: “Me llamó el primer día de invasión llorando, diciéndome que escuchaba sirenas y balas”.
Los que llegan: hogueras, comida caliente y juguetes tras días de caminata
Cruzan la frontera familias enteras, abuelas, madres, niños de todas las edades, mujeres con muletas o en silla de ruedas. Algunos llevan sus sus animales, a las que dan de comer y beber una organización animalista polaca. El país se ha desplegado para acoger a los refugiados, y hay decenas de voluntarios repartiendo comida caliente, agua, y dando información a quienes llegan tras días de viaje.
Hay una montaña gigante de ropa donada, en la que muchas madres buscan peluches y juguetes para sus hijos. Los más pequeños ríen y juegan entre ellos con lo que acaban de encontrar. Tienen más energía que sus madres, agotadas tras cargarlos a hombros durante horas, pero también aliviadas tras conseguir llegar a un lugar en el que no se escuchan las sirenas antiaéreas. “Ahora estoy bien, estoy a salvo. Tardamos un día en llegar desde Kiev, ha sido terrible”, asegura Marussa, que camina acompañada de dos hijas adolescentes.
“Básicamente queremos quitarles algo de peso de los hombros”, explica Maciej, un joven polaco que acaba de empezar como voluntario. “Venimos de Polonia, Ucrania, Bielorrusia, de todas partes. Aquí les damos información, tarjetas SIM, comida, bebida…”, cuenta. A pesar de su fuerte voluntad, no dan abasto ante la cantidad de gente que llega a cada hora. En los puestos de reparto hay carteles en los que se lee “Necesitamos comida” o “Necesitamos agua”. Más de 156.000 personas han escapado a Polonia y más de 360.000 han huido del país.
Muchos de los que acaban de llegar se arremolinan en torno a una hoguera improvisada que han encendido varios refugiados con la ayuda de algunos de los muchos periodistas desplegados en la frontera. Se protegen del frío atroz –el termómetro apenas supera los 0 grados- y de la nieve, que cae a ráfagas. Los niños corretean también alrededor de un gran caldero que prepara a la leña una asociación polaca.








