Entre los recuerdos de mi niñez hay uno que continúa muy vivo en mi memoria. Es el de un cuadro que representaba un castillo feudal cuyos muros amenazaban derrumbarse. Debajo había un versículo de la Biblia: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).
¡Cuántas preguntas le hice a mi madre sobre ese cuadro! Con paciencia, ella me respondía: «Ese castillo tan imponente parece desafiar el tiempo, y sin embargo desaparecerá. Por el contrario, Jesucristo siempre es el mismo. Él no cambia, para él el tiempo no cuenta, él es Dios». Y yo trataba de imaginarme lo infinito de esa persona divina, pero no lo lograba.
«¿Sabes? Nadie puede comprenderlo. Jesucristo es el mismo ayer, en el pasado, cuando creaba los mundos, cuando nació en Belén, cuando era un niño como tú, cuando murió en la cruz, cuando resucitó y subió al cielo. Él es el mismo hoy: él te ve, se interesa por ti, te ama. Él es el mismo por los siglos: es el futuro que no tiene fin. Él volverá a buscarnos; así estaremos para siempre con él, en su paraíso».
Fue así como verdades magníficas y sólidas se anclaron poco a poco en mí. Padres cristianos, hablemos de Jesús a nuestros hijos. Ellos retendrán estas enseñanzas más de lo que suponemos.
“Señor, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio” (Salmo 18:2).






