Imagina vivir en una ciudad de 10 millones de habitantes donde los niños crecen sin conocer el sonido de un trueno ni ver caer un aguacero. Esa es la cotidiana y extraña realidad de Lima, la capital de Perú y la segunda metrópoli más grande del planeta construida sobre un desierto. Rodeada por la arena del Pacífico y sepultada bajo un cielo gris que promete agua, pero nunca la entrega, esta urbe sobrevive a un fenómeno insólito: una ciudad gigantesca donde la lluvia, simplemente, no existe.
La ciudad recibe apenas un promedio anual de 10 a 15 milímetros de precipitación, una cifra insignificante que se traduce en una fina llovizna localmente conocida como garúa, producto de la combinación entre la fría corriente marina de Humboldt y la barrera geográfica que representa la Cordillera de los Andes.
Para lograr que una metrópoli de tal magnitud funcione sin agua del cielo, el país ha tenido que recurrir a complejas obras de ingeniería hídrica. La principal fuente de abastecimiento proviene del río Rímac, alimentado por el deshielo de los glaciares y las lluvias invernales en las zonas altas de los Andes.
Además, para cubrir la alta demanda urbana, se construyeron túneles a más de 4,000 metros de altura que logran trasvasar agua desde la cuenca amazónica en la vertiente del Atlántico hacia la costa del Pacífico.
En los últimos años, la ciudad también ha sumado el uso de plantas desalinizadoras que procesan el agua del Océano Pacífico mediante ósmosis inversa. Sin embargo, este esfuerzo técnico contrasta con la realidad de más de un millón de personas en las zonas periféricas que no cuentan con conexión a la red pública y dependen del abastecimiento por camiones cisterna a costos muy superiores.









