Durante su homilía, el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga centró su mensaje en la necesidad de que la sociedad hondureña revise las motivaciones que existen detrás de la búsqueda del poder.
El religioso cuestionó a quienes aspiran a ocupar cargos de autoridad pensando principalmente en qué pueden obtener de ellos, qué recursos pueden controlar o de qué manera pueden incrementar sus riquezas.
Para Rodríguez, esta visión convierte el poder en un instrumento para satisfacer intereses particulares y no en una responsabilidad orientada al servicio de los demás.
Corrupción y función pública
La reflexión adquiere relevancia en un país donde la corrupción ha sido señalada durante años como uno de los principales obstáculos para fortalecer las instituciones, mejorar los servicios públicos y generar condiciones que permitan un desarrollo sostenible.
“No pueden pensar en el bien aquellos que llegan al poder con el cerebro dañado, a ver de qué se pueden adueñar y cómo se pueden enriquecer en el poco tiempo para después pasar el resto de sus días impunes, disfrutando de lo ajeno”.
El religioso mencionó que cuando los recursos destinados a atender las necesidades de la población terminan siendo utilizados de manera indebida, las consecuencias no se limitan al ámbito económico. También apuntó que afectan la confianza ciudadana y profundizan la percepción de que quienes ejercen cargos públicos pueden actuar en beneficio propio.
La corrupción no solamente representa la pérdida o el uso irregular de recursos, sus efectos pueden extenderse a prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional, reflexionó.
Añadió que cuando existen prácticas corruptas en las instituciones, se dificulta que los recursos públicos lleguen de manera eficiente a áreas como salud, educación, infraestructura, seguridad y programas sociales.
Impunidad y normalización
La corrupción también está estrechamente vinculada con la percepción de impunidad, dijo el jerarca católico.
Para una sociedad, la existencia de denuncias o investigaciones pierde fuerza cuando los responsables de cometer irregularidades no enfrentan consecuencias o cuando los procesos judiciales no producen resultados oportunos, agregó.
“De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si malogra su vida, de qué le sirve a una persona que ha matado o a mandado a matar tanta gente y lo reciban como si fuera un héroe, pensemos en eso”.
La impunidad puede generar un efecto: la idea de que determinadas personas tienen suficiente poder, dinero o influencia para evitar que sus acciones tengan consecuencias, destacó.
Sobre este aspecto, Rodríguez cuestionó la manera en que la sociedad puede llegar a recibir con admiración o reconocimiento a personas señaladas por delitos graves.
Su planteamiento invita a revisar qué conductas son premiadas socialmente y qué mensaje se transmite cuando personas relacionadas con hechos cuestionables terminan convertidas en figuras de influencia.









