La carrera contra la pandemia del coronavirus es de fondo. Las reacciones tardías, los tropiezos y tratar de evitar los obstáculos a destiempo se penalizan de inmediato y a un alto precio. Israel acaba de sufrirlo de nuevo, exactamente seis meses después de tomar sus primeras medidas de cierre, y cuando acumula una de las tasas de morbilidad -la proporción de enfermos respecto al total de población- más altas del mundo.
Este domingo, el Gabinete de Ministros ha votado un nuevo confinamiento para las tres próximas semanas, que, según ha anunciado el primer ministro, Benjamín Netanyahu, entrará en vigor a partir del próximo viernes 18 de septiembre, y afectará a la festividad de Rosh Hashaná (año nuevo judío) y la jornada del Yom Kipur (día del perdón), para evitar las típicas reuniones familiares y las aglomeraciones por las celebraciones religiosas en las sinagogas.
El sábado, Israel superó la barrera de los 150.000 casos de coronavirus, con casi cuatro mil nuevos contagios, y este domingo la cifra total asciende a 153.759, según el recuento de la Universidad Johns Hopkins, lo que supone la momentánea cúspide de una segunda oleada que sigue escalando.








