MI ABUELO ME CONTÓ de un tal Jorge Bran que de un zurdazo era capaz de provocarle un infarto a la pelota.
Es que sus piernas eran como las de un caballo de raza árabe y poseían una fuerza descomunal —decía mi abuelo.
Del millón de partidos que jugó el hijo de doña Ana y de don Luis, dueño de la Zapatería Tin Tan, ubicada en Comayagüela, pequeña y triste ciudad considerada unánimemente como el cuartel general de todos los borrachos y locos del mundo, mi abuelo recordaba especialmente el de aquel 26 de junio de 1969 en el Estadio Azteca, cuando Honduras y El Salvador se disputaban un boleto para clasificar al Mundial de México 70.
La serie clasificatoria había dividido a estos dos pueblos hermanos, y el único que deseaba un empate era el espíritu del general Francisco Morazán, unionista hasta en esos asuntos del fútbol.
A la hora del partido había en Honduras más o menos un millón 350 mil oídos pegados a la radio. Digo más o menos, porque según las cuentas del abuelo, en ese entonces la población andaba en los dos millones 701 mil, a los que habría que dividir por dos y restarle los sordos de ese entonces, que no se sabe cuántos eran.
El Salvador comenzó ganando a los 7 minutos con gol de Mon Martínez; a los 23, Honduras empató con tijereta de Shula Gómez (una tijereta que le cortó momentáneamente los ánimos al rival); cinco minutos más tarde, 2 a 1 para El Salvador, gracias, otra vez, a Mon Martínez. El 2 a 2 para Honduras, gracias, otra vez, a Shula Gómez.
Era el tercer juego entre catrachos y guanacos. El primero lo ganó Honduras 1 a 0 en Tegucigalpa; El Salvador venció 3 a 0 en su estadio Flor Blanca, una flor blanca de pétalos negros que anunciaba la tonta guerra de cien horas provocada por algunos “vivos” que desgarraría más tarde el alma de Centro América.
El partido de desempate en tierras mexicanas llegó a tiempos extras. Allí —contó mi abuelo— el Pipo Rodríguez nos hizo el 3 a 2.
Y CON UN SUSPIRO, DECÍA: “Y así fue que nos eliminaron y mataron nuestras ilusiones”.
Jorge Bran —uno de los grandes ídolos en la historia del Olimpia, club al que llegó luego de que el general Oswaldo López Arellano (presidente del más equipo popular del país y coleccionista de golpes de Estado), pagara 15 mil lempiras por su ficha y la de Jorge “Indio” Urquía—, comenzó a llorar y llorar, llorar y llorar, en lugar de rodar y rodar, rodar y rodar…
Contaba mi abuelo:“Jorge Bran era macho para jugar… Aguantaba las entradas más salvajes, las faltas más descaradas, nunca se quejó, jamás se doblegó”.
La única vez en su vida que lloró —seguía contando—, fue esa vez en la cancha del Estadio Azteca. Allí quedó inmortalizado esa imagen en una fotografía de Diario La Época.
Tanta era su tristeza, tan descontrolado su llanto, que las lágrimas de Jorge Bran, como un río desbordado, rompieron los parlantes de las radios e inundaron el corazón de los hondureños.
El zurdo jamás volvió a llorar, porque ese día se le secaron las lágrimas para siempre…
Al menos eso es lo que contaba mi abuelo… (Óscar Flores López).








