Una jornada de luto ha envuelto al sur de México tras confirmarse el fallecimiento de 13 personas debido al descarrilamiento de un convoy del Tren Interoceánico del Istmo de Tehuantepec.
El trágico accidente ha ocurrido en una zona de difícil acceso entre los límites de Oaxaca y Veracruz, y es el siniestro más grave registrado desde la inauguración de este proyecto ferroviario estratégico.
Las autoridades de la Secretaría de Marina (Semar), institución que administra la línea férrea, han informado que entre las víctimas fatales se encuentran hombres, mujeres y, lamentablemente, menores de edad.
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Los cuerpos de las 13 personas fallecidas han sido rescatados de entre los vagones volcados en una operación que se ha extendido durante horas debido a la inestabilidad de las unidades y las condiciones del terreno, lo que ha complicado las tareas de los servicios de emergencia.
El impacto del siniestro también ha provocado que haya un total de 98 heridos, de los cuales 36 permanecen hospitalizados con pronósticos reservados. Los sobrevivientes han relatado momentos de terror cuando el tren ha perdido el control, describiendo escenas de caos donde la prioridad inicial fue intentar auxiliar a quienes quedaron atrapados bajo el peso de las estructuras metálicas antes que llegaran las brigadas de auxilio.

Ante la magnitud de la pérdida de vidas, el Gobierno de México ha expresado sus condolencias a las familias afectadas y ha prometido una investigación exhaustiva para determinar las causas del descarrilamiento.
Se indaga si el accidente ha sido provocado por una falla mecánica en el equipo, el mal estado de las vías debido a las condiciones climáticas recientes o un posible exceso de velocidad en ese tramo específico de la ruta transístmica.
La Fiscalía General del Estado ha iniciado las diligencias correspondientes para la identificación oficial de los 13 fallecidos y la entrega de los cuerpos a sus familiares.
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Mientras tanto, colectivos sociales y ciudadanos han comenzado a cuestionar los protocolos de seguridad y el mantenimiento de la línea, exigiendo justicia y una reparación integral del daño para las decenas de familias que hoy enfrentan la pérdida de sus seres queridos.
Esta tragedia interrumpe las operaciones de uno de los proyectos insignia de la actual administración, dejando una herida profunda en las comunidades del Istmo. Mientras se retiran los escombros y se normaliza el paso, la atención nacional permanece volcada en los hospitales donde los heridos luchan por su vida, bajo la sombra de un accidente que ha transformado un viaje cotidiano en una de las mayores catástrofes ferroviarias de los últimos tiempos en México.









