El Hijo de Dios se humilló y vino a la tierra tomando un cuerpo humano para acercarse a los hombres y salvarlos. Durante su vida demostró lo que Dios es: amor, luz, bondad, compasión… todo lo que Dios quería encontrar en los hombres. ¡Qué contraste entre la manera de ser o de actuar de Jesús y la nuestra!
– Nosotros buscamos la comodidad, pero Jesús nació en un establo y no tuvo domicilio fijo.
– Nosotros vamos tras la riqueza y los honores, pero Jesús decidió vivir en la pobreza y en la humildad.
– A nosotros nos gusta que nos vean en compañía de gente importante. Mas él se preocupó sobre todo de los desdichados y heridos por la vida.
El apóstol Pedro nos recuerda cómo fue la vida de Cristo: “No hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:22-23). Esta actitud denunciaba la de los hombres de su tiempo, por ello la gente no lo quiso y respondió con odio a su amor. ¡Lo crucificaron!
¡El contraste más grande se puede ver en la cruz! Cuando el odio de todos se ensañó contra él, la infinita profundidad del amor de Dios se manifestó a favor de nosotros, seres llenos de maldad. ¡Jesús llevó sobre sí mismo el castigo por nuestros pecados, por nuestros ultrajes a Dios!






