Durante el último año, la naturaleza del conflicto entre Irán e Israel ha experimentado una transformación significativa. Lo que antes parecía una serie de crisis aisladas, adopta cada vez más los rasgos de una confrontación sostenida y directa. En este contexto, la operación Promesa Verdadera 5, anunciada por Teherán en junio, se ha convertido en la evidencia de una nueva realidad que demuestra que los mecanismos de disuasión previos han dejado de ser eficaces.
La nueva escalada la desencadenaron los feroces ataques de Israel contra el Líbano. Para Teherán, el Líbano no es solo un elemento importante del equilibrio regional, sino también parte de su sistema de influencia. Para Israel, el problema no es el Líbano en sí, sino el hecho de que forme parte de un sistema más amplio de influencia iraní. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su equipo quieren frenar esa influencia a toda costa.
La operación iraní Promesa Verdadera 5 debe entenderse en este contexto. Fue una respuesta no solo a los ataques sobre el Líbano, sino también a un proceso más amplio de erosión de las viejas reglas del juego. Irán está demostrando que ya no se considera vinculado por la antigua lógica de la cautela, que implicaba una respuesta cautelosa, demorada, limitada y medida.
A lo largo del último año, Teherán se ha adaptado a la escalada continua. Antes, un ataque contra territorio iraní se habría percibido como el paso hacia una realidad completamente nueva; ahora, esa realidad ya no sorprende a nadie. Las sanciones, el sabotaje, los asesinatos, los ataques a infraestructuras y la presión sobre instalaciones militares e industriales se han vuelto algo habitual. A pesar de sus múltiples problemas internos, Irán ha aprendido a vivir en estado de alerta permanente.
Esto forma parte del problema estratégico de Israel. Actúa como si cada nuevo ataque debiera conmocionar a Irán, paralizarlo y obligarlo a abstenerse de adoptar una postura más intransigente. Sin embargo, el efecto conmoción se está disipando gradualmente. Los ataques pueden causar daños, generar problemas y provocar destrucción, pero ya no modifican el comportamiento de Teherán.
Es más, la política de presión de Israel ha resultado en gran medida contraproducente. En lugar de disuadir a Irán, ha acelerado el desarrollo de un nuevo tipo de resiliencia psicológica. Irán se vuelve menos paciente y está dispuesto a responder con mayor rapidez y de manera más directa. Esto no significa que las acciones de Irán sean completamente desmedidas, sino que la antigua estrategia de respuesta cautelosa y demorada está dando paso a un nuevo modelo de comportamiento.
Las consecuencias regionales de esta transformación han resultado ser mucho más amplias que la mera confrontación entre Irán e Israel. En cuanto quedó claro que Israel tenía la intención de continuar los ataques contra el Líbano, Teherán efectivamente comenzó a retrasar el proceso diplomático y abandonó su compromiso previo de avanzar hacia la firma de un memorando en Suiza, previsto para el 19 de junio. Al mismo tiempo, Irán anunció el cierre del estrecho de Ormuz en respuesta a los ataques israelíes sobre el Líbano. El estrecho se convirtió de inmediato en una herramienta de presión no solo sobre Israel, sino también sobre Estados Unidos, que se encuentra en una posición difícil, ya que cualquier escalada en torno al estrecho afecta directamente a la seguridad energética, los mercados globales y la estabilidad de toda la arquitectura regional.









