Los microplásticos se encuentran en todos los ecosistemas marinos; acaban en los océanos a través de diversas vías. Algunos estudios han hallado incluso microplásticos en la Antártida, arrastrados hasta algunos de los rincones más remotos de nuestro planeta por el viento más que por las mareas.
Y pese a que hoy la detección de microplásticos es una tarea que puede realizarse con gran eficacia, uno de los mayores problemas a los que se enfrentan los científicos en la actualidad es el de calcular que cantidad de estos contaminantes son susceptibles de introducirse en las cadenas alimentarias. En este sentido, por su modo de alimentación, en el que filtran el agua del mar para obtener de el krill que le sirve de sustento, las ballenas son algunos de los animales más idóneos para estudiar este fenómeno.
Así, hace tan solo unos meses, en el mes de marzo de 2022, un estudio internacional ponía de manifiesto que cetáceos como el rorcual de Bryde –Balaenoptera brydei- y el rorcual boreal –Balaneoptera borealis- del golfo de Hauraki, en Nueva Zelanda, podían llegar a consumir más de tres millones de microplásticos diarios.
El problema, sin embargo, parece haberse subestimado tal y como se desprende de un nuevo estudio más reciente publicado en la revista Nature Comunications que fue llevado a cabo en las aguas de California se he centrado en el seguimiento de 220 cetáceos, entre ellos, 129 ballenas azules, 5 ballenas jorobadas y 29 rorcuales comunes. La nueva investigación eleva la cantidad de microplásticos que estos cetáceos pueden llegar a consumir, situándolo en 10 millones de millones de fragmentos diarios.
Uno de los aspectos que más preocupan a los científicos sobre este tipo de contaminación se halla en la potencial bioacululación de las partículas más pequeñas de estos microplásticos, es decir, su capacidad para pasar a los organismos vivos, acumularse en sus tejidos y provocar daños a nivel celular a la vez que son introducidos permanentemente en las cadenas tróficas.
De hecho, en el caso de la ballena azul, objeto del estudio y la cual puede ingerir hasta 3,5 toneladas de alimento diarias, los investigadores apuntan que la mayor parte de los microplásticos ingeridos por estas, los cuales ascienden a 10,9 millones de piezas diarias, no proceden de la filtración del agua de mar per sé, si no del ya acumulado en el krill previamente. En el caso de las ballenas jorobadas la cifra se sitúa en los 4 millones, y en el de los rorcuales comunes, con alimentación mixta de pescado y kril, entre 3 y 10 millones.








