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La historia del hombre que perdió a su mujer embarazada por no vacunarse a tiempo

Murió por no vacunarse. Así lo sentencia Salvatore Palmigiano, marido de la joven italiana que falleció después de tres meses con Covid-19 en plena gestación de su embarazo. Y todo porque su ginecólogo no se lo había aconsejado.

Su nombre, Antonietta Delli Santi. Tenía 26 años y un hijo de dos años llamado Gaspare. Otro, en camino, sumaba seis meses en su vientre a la espera de ver la luz. Pero tampoco pudo hacerlo. El médico de ésta le recomendó que no se vacunase en su estado contra la Covid-19. El problema es que el virus, después de tres meses agónicos, terminó con su vida.

Todo cambió el 14 de agosto, fecha en la que la pareja enfermó y el estado de ella la llevó a empeorar a pasos agigantados. Cinco días más tarde, el 19 de agosto, ya en el hospital, dieron a la joven un parto de emergencia en un intento por salvar al bebé. A ella la intubaron. Sin embargo, la pequeña Sharon falleció 20 días después.

Antonietta permaneció en cuidados intensivos. Así durante tres meses. “Tenía mucho miedo, lo sentí. Dijo con voz débil la primera palabra en tres meses: papá. Estaba muy apegada a su padre, quizás le pidió ayuda”. Así lo revela su marido al periódico Corriere del Mezzogiorno al que ha concedido una entrevista para narrar cómo se sucedieron los hechos.

“Estaba intubada y los médicos habían intentado en otras ocasiones sacarla de su estado, pero no pudo sostenerlo. Por dentro sabía que tarde o temprano tendría la noticia más atroz”, narra éste, quien se agarró a la fe cristiana para tratar de remediar la situación. Pero no pudo conseguirlo.

Remordimiento

“Yo también moriré un día con el remordimiento de no haber hecho lo suficiente por ella”, confiesa éste, que apunta que “si hubiera entendido de inmediato la gravedad de su estado no la habría llevado al hospital de Vallo della Lucania, donde permaneció tres días antes de ser trasladada al Policlínico di Napoli. Tres días son una eternidad para la evolución de la enfermedad”.

Sin embargo, la gravedad de su estado fue determinante. “El 4 de agosto me tomé la primera dosis. Mi esposa estaba esperando nuestro bebé, pero tenía sobrepeso. Le tenía miedo a la vacuna, por supuesto. Pero lo habría hecho si hubiera tenido el visto bueno del ginecólogo, quien, en cambio, nos aconsejó que esperásemos”. Diez días más tarde enfermaron. “Y ese día comenzó nuestro infierno”.

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