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Dos goles de Vinicius dan la victoria a un Madrid gris frente a un Elche estupendo

Bajo el lema ‘mejor un nueve que ninguno’, Ancelotti se lió la manta a la cabeza y, sin anestesia, puso a Mariano, que llevaba cinco meses y medio sin jugar un partido oficial y casi tres uno de ensayo. Lo mejor es que tuvo razón. Lo peor, que haya tardado en adivinar que ahí hay una alternativa. El porqué ha sido hasta ahora un jugador fantasma se guarda en la caja negra del italiano. Fue el remate de una alineación moderadamente subversiva, con Lucas Vázquez y Marcelo como laterales, y eso sí, con Modric, Casemiro y Kroos en el centro del campo, paraguas eterno de Ancelotti y de quienes le precedieron. En el banquillo se quedó Jovic, que paga por la falta de olfato y actitud a partes iguales.

La alineación del Elche también tuvo su gracia, aunque quizá no se la hiciera a su propietario, Bragarnik: sólo hubo dos de los siete argentinos que promociona en el equipo inicial. Uno de ellos, Pastore, futbolista de sangre azul venido muy a menos por las lesiones, y el otro, Lucas Boyé, uno de esos casos de delanteros a los que les cuesta encontrar su sitio en el mundo. Elche les ha rescatado. Hicieron un partido estupendo. A un entrenador le pagan bien para eso, para que jueguen los que le gustan a él, los del patrón y los del público sin pasar de once. Y si es posible ganar. La cosa quedó en un 4-1-4-1, con Lucas Pérez muy vencido a la derecha y Pastore casi de mediapunta.

No hay peor noticia para un equipo que el rival sepa a qué atenerse. Lo supo el Elche, que dobló la guardia sobre Vinicius. Sabe que ahí está el tesoro del Madrid, pero este es un negocio en el que pequeños errores provocan grandes desastres. Lo cometió Mojica en una salida desde la izquierda. Le entregó la pelota a Casemiro con el Elche muy desacomodado. Lo que vino después fue un relámpago. Pase del mediocentro, taconazo sobre la marcha de Mariano, maniobra de escuela de bellas artes estilo Benzema, y remate cruzado de Vinicius, en modo centella, a la red.

Hasta entonces sólo se habían registrado un dominio muy poco tiránico del Madrid, dos remates lejanos de Rodrygo, la temprana lesión de este (sustituido por Asensio; Hazard sigue al fondo del armario), algunos buenos trazos de Pastore y una acometida de Lucas Boyé, cuyo trallazo sin ángulo rechazó Courtois con mano de hierro. Y a esa igualdad mal controlada por el Madrid volvió el partido con el paréntesis de otra aparición mariana: el debutante en el curso metió un esprint imposible, desmayó a Casilla con un amague y acabó estrellando su remate en la red. Por medio metro no acabó en una galería de arte.

No hubo descomposición del Elche, que no se tomó el gol como una sentencia sino como un accidente. Tuvo el empate antes del descanso. Lo perdió porque a Lucas Pérez le cayó un taconazo de Pastore (la tarde andaba metida en arte) a la derecha, su pierna de madera. El partido venía a darle en parte la razón a la afición franjiverde: con estos futbolistas el equipo puede jugar mejor de lo que lo ha hecho hasta ahora. En realidad, no hay afición en el mundo, por pesimista que sea, que no piense igual.

Tampoco salió el Madrid a archivar el caso en la segunda mitad y eso que el mayor atrevimiento del Elche le ponía el partido en la condición ambiental que más le gusta porque se le da mejor correr que pensar. Pero el asunto siguió equilibrado mientras Boyé elevaba el listón en cada arrancada. Su persistencia incordió mucho al Madrid y alertó a Ancelotti, que metió a sus dos laterales titulares. Fue tras la imprudencia fatal de Raúl Guti, que le costó la roja por su segunda entrada sobre Kroos. Venía de un volea que le paró Courtois y le traicionó su empuje en un intento de recuperación posterior.

El siguiente paso lo dio Vinicius, que pasó de cero a cien en un pase de Modric y alcanzó una pelota imposible para picar la pelota por encima de Casilla. Pareció el fin pero no lo fue, porque el Madrid se creyó ya en el recreo. Y de colegio fue el error de Casemiro que acabó, tras carambola, con Pere Milla frente a Courtois, al que batió con comodidad. Fue el último empujón del Elche, que supo jugar contra el marcador, su inferioridad numérica y su déficit en la tabla. No le dio ni siquiera para empatar pero si para llevar al límite a un Madrid comodón y reducido, en demasiadas ocasiones, a los golpes de adrenalina de Vinicius. Su figura empieza a generar adicción.

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