Dos montes

En los evangelios, dos escenas muy diferentes de la vida del Señor se desarrollaron en un monte.

Acompañado por tres de sus discípulos, Jesús subió a un monte apartado, llamado el monte de la transfiguración. Allí se transfiguró y apareció con vestidos de una extrema blancura, hablando con dos grandes hombres de la historia de Israel: Moisés, el conductor a través del cual Dios dio la ley, y Elías el profeta (Mateo 17:1-8). El tema de su conversación era la inminente muerte de Jesús. Dios declaró a los tres discípulos presentes en la escena: “Este es mi Hijo amado… a él oíd”.

Más tarde su cruz fue levantada en el monte Gólgota (Marcos 15:22-39). Jesús se dejó coronar de espinas, se burlaron de él, lo injuriaron, lo golpearon. Hombres malvados e injustos lo clavaron en esa cruz.

¡Qué contraste! En el primer caso la voz de Dios resonó en medio de la nube para dar gloria a su Hijo. En el Gólgota, densas tinieblas cubrieron toda la escena, desde el mediodía hasta las tres de la tarde. Jesús, el justo castigado por los injustos, solo y abandonado, clamó en la oscuridad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Al final de esas terribles horas, cuando el Señor Jesús llevó nuestros pecados, resonó ese clamor: “Consumado es”, y: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

Jesús, quien fue en otro tiempo el “varón de dolores”, sometido al sufrimiento, hoy está “coronado de gloria y de honra”, y un día todos doblarán la rodilla delante de él (Filipenses 2:10).

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