¡Hay demasiado mal en esta tierra!

–Hay tantas guerras y sufrimientos en esta tierra, que no puedo creer que Dios exista.

–¿Usted está en contra de la violencia?

–¡Por supuesto!

–Usted piensa que el bien existe, y prefiere el bien al mal.

–¡Sin ninguna duda!

–¿Cómo hace para diferenciar el bien del mal?

–¡Pues, confiando en mis sentimientos!

–En ciertas culturas las personas aman a sus semejantes, en otras se comían unos a otros. En ambos casos la gente se basa en sus sentimientos. ¿Cuál prefiere?

–¡Evidentemente, prefiero a los que aman a su prójimo!

–Si los sentimientos no son suficientes para diferenciar el bien del mal, usted debe admitir la existencia de una ley moral que le permite escoger entre el bien y el mal. Sin ley moral no hay noción de bien ni de mal. Y esta ley moral exige que alguien la haya establecido, ¡ella exige un legislador moral!

Si está agobiado por la existencia de guerras, ¿no cree que es Dios quien ha puesto en su corazón esa ley moral?

–Entonces, ¿cómo conocer más esta moral divina y a Dios mismo?

–Hable a Dios mediante la oración; escúchelo, leyendo la Biblia, ella es la Palabra de Dios. Si él le ha dado esta noción del bien y del mal, también quiere enseñarle otra cosa sobre el sentido de su vida. ¡Él quiere tener una relación personal con usted!

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