Un embajador en cadenas

Un embajador es una persona reconocida, honorable, que goza de ciertos privilegios. Pero esto no sucede con los siervos de Cristo. Ellos son embajadores del gran Rey en el cielo, ¡pero pueden estar en una prisión, encadenados! Pueden ser olvidados, despreciados, puestos al margen de la sociedad. El Señor Jesús, su Maestro, incluso pagó con su vida su testimonio.

Podemos preguntarnos por qué tal o cual cristiano tuvo que cesar toda actividad a causa de la enfermedad, cuando parecía indispensable para cumplir cierto servicio. El apóstol Pablo era muy útil, pero estuvo en prisión durante muchos años… ¿Por qué tuvo que soportar todas esas pruebas? No lo sabemos, pero estemos seguros de que el Señor conduce a sus siervos por el buen camino.

Cuando llega la prueba, él desea que permanezcamos confiados y firmes en la fe. Las dificultades son reales, pero dejémonos interpelar y formar por ellas; la bendición nos ha sido prometida (Hebreos 12:11). La redención todavía no se aplica a nuestros cuerpos (Romanos 8:23). El creyente que es probado por la enfermedad a menudo debe aceptar el curso de la misma.

Si nuestro país atraviesa guerras, hambre, epidemias, seguramente sufriremos, pero tenemos el privilegio de poder dirigir a Dios nuestras súplicas y contar con su poder y su bondad. Sea cual sea el camino trazado por el Señor, dejemos que el Espíritu Santo nos enseñe. De una u otra manera probaremos la verdad de estas palabras: “Bienaventurados todos los que en él confían” (Salmo 2:12).

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