¡Qué imprudencia!

«Un joven gravemente enfermo sabía que, sin los cuidados apropiados, iba a morir. Su madre llamó al médico; este le prescribió una serie de medicamentos que debía tomar inmediatamente. Pero el joven los rechazó porque eran amargos. Murió la noche siguiente. Los medicamentos estaban al lado de su cama, pero el enfermo ni siquiera los tocó».

Ridículo, ¿verdad? Dicha historia parece inverosímil. Sin embargo, este tipo de imprudencia es muy común, y podría ser calificada como descuido o insensatez.

Sin lugar a dudas usted no es insensato, pero ¿está seguro de no parecerse a ese personaje? ¿Se ha preparado para el futuro eterno?

Tal vez usted prefiere olvidar que algún día, tarde o temprano, debe morir. O quizá le parezca demasiado amargo reconocer sus mentiras, su orgullo, sus ofensas a Dios. No obstante, usted tendrá que rendir cuentas ante él. Todo esto le parece muy incómodo y desagradable, prefiere no tocar el tema. Sin embargo, el remedio está a la mano. Jesucristo vino para sanarnos espiritualmente. Él mismo es el remedio que necesitamos. Él dio su vida, llevó el juicio de Dios en nuestro lugar, para que nosotros podamos ser perdonados y curados. Solo debemos tomar ese remedio. Es necesario aceptarlo hoy para recibir la vida eterna.

No sea de los que dicen: “De ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. Escuche la respuesta del Señor: “Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico… y unge tus ojos con colirio, para que veas” (Apocalipsis 3:17-18).

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