Calle del tiempo perdido

¡Qué nombre extraño para esta calle de un pequeño pueblo de Francia! Me hace pensar en el dicho popular: «El tiempo perdido no se recupera jamás». Sin embargo, a menudo malgasto mi tiempo, el tiempo precioso que Dios me concede, un tiempo para todo (Eclesiastés 3:1-8).

Malgastar su tiempo o, al contrario, administrarlo bien, he aquí el meollo del asunto. Tengo la responsabilidad de utilizar mi tiempo de manera útil. Pero, a los ojos de Dios ¿qué es útil? Moisés sentía la necesidad de pedir esta sabiduría: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Salmo 90:12).

Frente a Moisés, el Faraón “endureció su corazón”, se empecinó en retener al pueblo hebreo, esclavo en Egipto, a pesar de todas las advertencias de Dios (Éxodo 7-11). Arruinó su país, porque se opuso a Dios. Siglos más tarde otro Faraón, Necao, siguió el mismo camino, y Dios dijo de él: el “Faraón rey de Egipto es destruido; dejó pasar el tiempo señalado” (Jeremías 46:17).

¿Cómo voy, pues, a utilizar la porción de horas y días que Dios me ha confiado? Verdaderamente necesito sabiduría para administrar bien mi tiempo, “porque los días son malos” (Efesios 5:16). “Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos” (Salmo 31:14-15), el tiempo de mi trabajo como mis horas libres.

Mi deber es poner a disposición de mi Salvador cada uno de mis días. Los momentos de oración, como los de mi vida profesional, familiar, etc., serán para él. Ninguno será tiempo perdido.

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