Su última predicación

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Cuando el Titanic se hundió en el Atlántico, en abril de 1912, un joven cristiano llamado John Harper, quien se estaba preparando para ser misionero, se hallaba a bordo. Cuando el barco empezó a hundirse, Harper ayudó a los demás pasajeros a subir a los botes salvavidas, pero él no quiso subirse a ninguno de ellos: «Las mujeres y los niños, decía, luego los incrédulos». En el último momento incluso dio su salvavidas. Luego el Titanic se hundió en las profundas aguas.

Un pasajero escocés que se hallaba entre los rescatados contó lo siguiente: «Estaba flotando sobre un trozo de madera cuando un violento remolino trajo a John Harper hacia a mí. Él también estaba agarrado a un objeto flotante, y me gritó: ¿Usted es creyente? –No, le respondí. Entonces volvió a gritar: ¡Crea en el Señor Jesús y será salvo! Las olas lo alejaron, pero poco después lo volvieron a traer hacia mí. Me hizo la misma pregunta, y yo le di la misma respuesta: No, no puedo decirle que sea salvo. Entonces me repitió: ¡Crea en el Señor Jesús y será salvo!

Estas fueron sus últimas palabras. Un instante después desapareció bajo las heladas aguas. Entonces, en pleno océano y durante las trágicas horas que siguieron, entregué mi vida al Salvador. Así fui el último hombre llevado a Dios por medio de John Harper».

“Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Juan 10:9).

“Yo (Jesús), la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46).

Números 34 – Lucas 9:44-62 – Salmo 88:8-12 – Proverbios 20:4-5
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