Nadal logra el mejor 11 sobre la faz de la tierra

Dominic Thiem siguió el camino de Stan Wawrinka, Novak Djokovic (en dos ocasiones), David Ferrer, Roger Federer (en cuatro), Robin Soderling y Mariano Puerta. Fue uno más de los siete hombres que han intentado ganar a Rafael Nadal en la final de Roland Garros, el último en caer, en asumir una hegemonía a la que no se le atisba fecha de caducidad. El número 1 del mundo venció en dos horas y 42 minutos y consiguió su undécimo título en París y eleva a 17 sus conquistas en el Grand Slam, quedando a tres del global de Federer. Unas horas después de aplaudir a Adriano Panatta, a Nicola Pietrangeli, a Manolo Santana, a Ken Rosewall, todos ellos presentes en la Philippe Chatrier, el público francés volvió a homenajear al mejor campeón que tiene y seguramente tendrá jamás este torneo. Las ovaciones que había recibido durante muchos momentos de una actuación sensacional se concentraron en un prolongado estallido sonoro de reconocimiento. [Narración y estadísticas (6-4, 6-3, 6-2)]

Nadal ha vuelto a ganar Roland Garros, un torneo en el que a lo largo de sus 14 participaciones sólo ha perdido dos partidos: en octavos de final de 2009, contra Soderling, y en los cuartos de 2015, frente a Djokovic. Ha convertido la excepcionalidad en una insólita rutina. A sus 32 años cerró el paso sin piedad a quien asoma como su heredero natural, como el hombre llamado a ganar alguna vez el título cuando su raqueta comience a declinar. Once veces campeón en Montecarlo y Barcelona, lo es también en el torneo más importante de la tierra, culminando el principal objetivo de cada temporada, el que señala la temperatura de su tenis, el que le permitirá también continuar en lo más alto del ránking. Con todo el respeto debido a Margaret Court, la única persona que había logrado algo semejante, con 11 triunfos en el Abierto de Australia, los méritos de Nadal adquieren un peso mayor.

Poder intimidatorio

Thiem sintió pronto el aliento de su rival, el peso insoportable de su historia, la plena vigencia de su tenis 13 años después de conquistar el primer título en París. Nadal se exigía un plus para la final tras ganar fácilmente a Del Potro en la penúltima ronda. Y lo encontró. Fue de largo su mejor partido de la competición, como demandaba el rival, el único capaz de derrotarle en arcilla en los dos últimos años. A diferencia de sus victorias en Roma y Madrid, al austriaco le costaba una barbaridad sumar puntos ganadores. Desde el primer juego, que culminó en blanco con una volea de derecha, el zurdo exhibió todo su poder intimidatorio.

Con golpes larguísimos, siempre cercanos a las líneas, desactivaba el poder de Thiem, que recuperó de inmediato la pérdida de su servicio en el segundo juego, pero flaqueó ante la primera dificultad seria, cuando le tocó defenderlo 4-5 abajo. Perdió el juego en blanco, sin rechistar, con una derecha que se fue varios palmos allá de la línea. Se le escapó el primer set, cuya conquista era considerada por su entrenador, Gunter Bresnik, como casi indispensable para manejar cualquier hipótesis de éxito.

Thiem, que compartía con su box cualquier punto ganador, con gestos de reafirmación, fue desesperándose a medida que soportaba con mayor crudeza la erosión del español. Era un Nadal en trance, que parecía jugar con la memoria prendida de todo cuanto es en el mundo del deporte, en el del tenis y en este escenario en particular. Beligerante y orgulloso, el austriaco dispuso de una bola de ruptura, ya frente a una tarea harto difícil, set abajo y con desventaja de 4-2 en el segundo. Pero Nadal, que sabía del valor de cada punto, que se decía ‘¡vamos!’ cuando algún resto de su adversario traspasaba la línea, no estaba dispuesto a concesión alguna.

Sólo unos problemas en los dedos de su mano izquierda, que obligaron a detener el juego cuando ganaba 2-1 y 30-15 en el tercero, pusieron una mínima inquietud en la recta definitiva de la final. Thiem, digno en la lucha, ejemplar en el respeto por la magnitud del partido, había vuelto a perder su saque recién iniciado el tercer set. La contingencia física de Nadal resultó menor. Hasta el cielo, que insinuaba muecas plañideras, aguardó contenido a que finalizase la fiesta, una más, acaso la más brillante, del indestructible autócrata de la tierra.

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